miércoles, 17 de febrero de 2010

Arrepentios

¡Arrepentíos!

El arrepentimiento inicial y el arrepentimiento permanente son requisitos fundamentales para entrar en el reino de Dios. Sólo así el corazón es permanentemente limpiado para que pueda ver a Dios.
Lecturas: Mateo 3:1-2; 4:17; Romanos 1:18-32; 3:9-18; Isaías 1:2-6 Creo que hoy necesitaremos mucho más que de costumbre el socorro del Espíritu Santo para que esta palabra sea predicada y para que el corazón de ustedes sea tocado, socorrido, alentado y si es necesario quebrantado por el poder de la palabra de Dios.
"El mismo mensaje"
Llama la atención que, tanto Juan el Bautista como el Señor Jesucristo, hayan comenzado su predicación exactamente con las mismas palabras. «Arrepentíos». Este es un mensaje que con el paso de los años se ha ido perdiendo. En el día de hoy, no son muchos los predicadores del evangelio que predican el arrepentimiento. Pareciera que es más fácil predicar otras cosas más agradables de oír: predicar acerca de las bendiciones de Dios o de la prosperidad que se puede hallar cuando un hombre le cree al Señor. Sin embargo, Juan y el Señor Jesús no pensaban de la misma manera. Ellos sabían que el mayor bien que se le podía hacer a la gente era llamarlos al arrepentimiento. Cuando el Señor envió a los doce a predicar también les encargó que predicasen el arrepentimiento. Pedro, en Pentecostés, dijo a los judíos: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados" (Hechos 2:38). Pablo, cuando estuvo en el Areópago discutiendo con esos filósofos griegos -la élite de la intelectualidad de su época-, tampoco cambió su mensaje. Dijo: "Pero Dios ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan" (Hechos 17:30). Los hombres tienen que arrepentirse.
¿Por qué arrepentirse? ¿Por qué es tan importante el arrepentimiento?
Arrepentirse no significa solamente derramar algunas lágrimas para dar a entender que nos duele lo que hicimos mal. No es sólo un acto emotivo.
La palabra arrepentíos, en griego, significa un cambio en el modo de pensar, a lo cual debía seguir un cambio en el modo de obrar.
Por eso Juan el Bautista llama a los fariseos a hacer "frutos dignos de arrepentimiento". No sólo los llamaba para que se bautizaran y para que por medio de ese acto reconocieran que eran pecadores, sino que era necesario que después ellos dieran frutos dignos de arrepentimiento.
Y el fruto tiene que ver con la conducta, con el actuar. De tal manera que la palabra arrepentirse, en castellano, no nos dice todo lo que significaba este arrepentirse cuando lo predicaba el Señor.
Hay cristianos que piensan que luego que han sido perdonados de sus pecados, y han sido restablecidos en su comunión con Dios, ya no necesitan arrepentirse más. Piensan que, como la cuenta ya fue saldada en virtud del poder de la sangre de Jesús, de ahora en adelante los pecados que cometan son limpiados automáticamente. Pero no es así. Es necesario -vez tras vez- un nuevo acto de arrepentimiento y una nueva confesión. Tal vez lo que más le convenga saber a un hijo de Dios es que cada vez que él peca entristece al Espíritu Santo. Y de ahí entonces la explicación de por qué las lágrimas de arrepentimiento suelen ser tan profundas. Esas lágrimas parece que surgen de las entrañas. Hemos ofendido a Dios, hemos contristado su Espíritu, hemos afectado su santidad, su gloria, y también hemos afectado el cuerpo de Cristo, la iglesia. Luego, el Señor dice:
"(... porque el reino de los cielos se ha acercado".
La causa del arrepentimiento, lo que lo motiva, lo que lo provoca debe ser la conciencia de que el reino de los cielos, que es santo, que es digno de la más alta dignidad, que es noble, de la más alta nobleza, cuyo Rey es el Justo, cuyo Rey es el Santo, ¡se ha acercado! ¿Cómo podríamos pretender participar de su reino sin un reconocimiento de nuestros pecados, sin un cambio? Todo lo impuro, todo lo torcido, todo lo pecaminoso debe ser reemplazado por nuevas formas de pensar, de sentir y de actuar. Dios no puede establecer su reino sobre un corazón tenebroso, pecaminoso, que concibe deseos impuros y que -de hecho- lleva a cabo muchos de ellos. Sería como poner las bases del reino sobre un sepulcro blanqueado, hermoso por fuera, pero lleno de podredumbre por dentro. Para su establecimiento, el reino de los cielos requiere de hombres que hayan reconocido su ruina, su pecaminosidad, su destitución, su nulidad en sus intentos para agradar a Dios. ¡Oh, hay muchos cristianos que piensan que ellos pueden agradar a Dios! ¡Hay muchos cristianos que piensan todavía que en ellos hay muchas cosas buenas que le sirven a Dios! ¡Hay muchos cristianos que todavía piensan que sus buenas obras son agradables delante de Dios; que sus limosnas, que sus actos justos van a impresionar a Dios! Así que, el arrepentimiento es una necesidad no sólo para los pecadores que están sumidos en los más atroces pecados, sino que también es una necesidad para los cristianos que conocen el poder de la sangre de Jesús. No sólo necesitan arrepentirse una vez, sino muchas veces, permanentemente.
"Un bautismo para arrepentimiento"
El bautismo de Juan es conocido como el "bautismo de arrepentimiento". Su objetivo, como todo el ministerio de Juan, era preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. ¿Cómo podía ocurrir esto? Solamente si el pueblo se arrepentía. La dureza del corazón era muy grande. Hacía cuatrocientos años que no había profeta en Israel. Se había perdido la luz de Dios, la lámpara se había apagado, los corazones estaban endurecidos, ¿cómo podrían ellos recibir al Señor? Tuvo que venir uno delante de él preparando el camino, diciendo: "Arrepiéntanse, su modo de actuar es pecaminoso, su modo de pensar es intolerable para Dios".
¿Y cuál fue el efecto de la predicación de Juan? La Escritura dice que los publícanos y las prostitutas recibieron su palabra y se arrepintieron. Sin embargo, aquellos otros, los religiosos, no se arrepintieron. Ellos pensaron que eran justos, que no necesitaban de arrepentimiento, así que no se bautizaron. Por eso el Señor Jesús después les hace esa pregunta que no se atrevieron a contestar: "El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? (Mateo 21:25). Si decían que era del cielo, entonces el Señor les diría: "¿Y por qué no se arrepintieron?". Y si decían «de los hombres», entonces tendrían que vérselas con el pueblo porque el pueblo creía que Juan era un profeta de Dios. Tenemos que decir algo muy claramente: Es imposible que el hombre entre en el reino de los cielos tal como está. Es imposible que un hombre pecador, que sólo ha nacido de sangre y de carne, pueda entrar en el reino de los cielos. La luz que brilla allá es tal, la santidad es tal, que él ni sería admitido allá, ni se sentiría a gusto allá. Huiría avergonzado, porque su conciencia estaría cargada. No podría mirar al Señor. Es imposible que un pecador le pueda mirar cara a cara. Caería muerto, destruido.


"El impío delante de Dios"
¿Hay alguno que se considere justo? ¿Hay alguno que se considere un buen hombre, un buen vecino, un buen padre, un buen esposo, y que, por tanto, esté libre de los juicios de Dios?
¿Hay alguno que jamás haya pecado, que no haya concebido siquiera pensamiento de iniquidad? En Romanos 1:18 al 32 se nos muestra la condición verdadera del hombre delante de Dios.
Allí se nos muestra que el hombre no sólo peca, sino que tiene la desfachatez de cubrir su pecado con un poco de tierra, o de reírse sobre él, y en vez de advertir a otros para que no caigan en lo mismo, se complace con los que pecan igual que él.
Este es el hombre, esta es la condición ineludible, de la cual no hay ni uno que se exceptúe, cualquiera que sea su condición social, educativa, racial, o de cualquiera otra índole.
Y el hombre no tiene remedio, a menos que Dios lo tome en sus manos y haga algo en su vida.
El hombre está atestado de pecado, está impregnado de maldad.
Su mente y su corazón se inclinan de continuo al mal.
Hay filosofías en este día que pretenden convencer al hombre de que él tiene un trazo de bondad adentro, que lo puede cultivar y desarrollar, y que puede llegar a ser un pequeño dios.
Y dicen: "En ti hay algo bueno y algo malo.
Basta que tú cultives lo bueno y que aplaques un poco lo malo".
Sin embargo, como una escritora dijo una vez:
"En todo hombre hay un potencial asesino".
Esto es verdad.
En todo hombre hay un potencial homicida, un potencial violador.
Quienes piensan que el hombre tiene remedio, o que puede ser perfeccionado, están profundamente equivocados.
La educación chilena tiene en sus bases la idea de que el hombre es un ser perfectible.
¿Gracias a la educación, a los principios morales, gracias a la biología, gracias a la filosofía, a la ética va a ser perfeccionado? Imposible.
La sabiduría de Dios dice que todos los hombres son pecadores.
"Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios". (Romanos 3:22-23).
Esta es la condición del hombre sin Dios.

"El religioso ante Dios"
Pero, ¿qué diremos del hombre religioso, el que tiene un sistema de culto, ciertos rituales que atender, ciertos mandamientos que se enorgullece en cumplir, que va los sábados o domingos a un templo, que lleva su Biblia debajo del brazo, que trata de cumplir los mandamientos de Dios? ¿Diremos que está en mejor condición?
Romanos 3:9, dice: "¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado".
No sólo los gentiles, sino también los judíos, y los judíos son los religiosos, los que tienen supuestamente a Dios a su favor.
Y desde el versículo 10 en adelante está la descripción detallada de lo que ellos verdaderamente son.
Esa es la condición aun de aquellos que tienen el nombre de Dios en los labios, de aquellos que no se han acogido a la justicia de Dios, que tienen sólo una religión y que no tienen la verdad de Dios metida dentro de su corazón.
Todos han fallado, todos engañan, todos se apresuran para el mal.
No tienen paz en su corazón.
Piensan que mediante sus buenas obras pueden acallar el grito de la conciencia, o frenar la ira de Dios.
Esas palabras del profeta antiguo, en Isaías 1:2-6, siguen sonando muy fuerte. Fueron dichas con tanto dolor.
¡Dios estaba tan entristecido!: "Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla el Señor: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí.
El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, ni suavizadas generación de malignos, hijos depravados! ... Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente.
Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas ni vendadas con aceite".
¿Podemos percibir el dramatismo de estas palabras del Señor? Era su propio pueblo, al cual él había sacado de Egipto con brazo poderoso.
¡Y se le habían convertido en hijos depravados, en gente maligna!

"La plomada"
Es por eso que es necesario "para que se establezca en la tierra el reino de los cielos" que los hombres procedan al arrepentimiento.
La ley de Dios es como una plomada.
Cuando los albañiles o los carpinteros ponen una plomada junto a un poste, ella de inmediato deja al descubierto si está torcido.
Cuando la plomada de Dios cae sobre la conducta de los hombres "de todos los hombres" queda en evidencia su pecaminosidad.
Hay algunos a quienes les gusta verse justos a sí mismos, y presumen de su justicia.
Cierta vez le preguntaron al Señor Jesús sobre aquellos galileos que habían muerto aplastados por una torre.
El Señor les dijo:
"¿Ustedes piensan que ellos eran más culpables que ustedes?".
También le dijeron: "¿Sabes de aquellos galileos cuya sangre Pilato mezcló con los sacrificios de ellos?".
Y el Señor les dijo: «¿Creen que ellos eran más pecadores que ustedes?».
"Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente".
(Lucas 13:1-5).
Cuando ocurre una desgracia en algún lugar, tendemos a pensar: "¡Cómo habrán sido de pecadores aquéllos, que cayeron bajo el juicio de Dios!".
Pero todavía resuenan muy claras las palabras del Señor: "No, no eran más pecadores que ustedes, y si ustedes no se arrepienten, perecerán igual que ellos".

"Cuando no hay arrepentimiento"
El arrepentimiento es una gracia de Dios.
Cuando miramos la Escritura, vemos que no todos, lamentablemente, se arrepintieron ni pudieron arrepentirse.
El discurso de Pablo en Romanos 2:5 concluye con estas palabras:
"Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios".
¿Qué estás atesorando para ti?
¿Qué estás acumulando para ti, pecador, y también tú, hijo de Dios? Estás acumulando con cada pecado que cometes, con cada rebelión, con cada desobediencia, estás acumulando ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios ¡No pienses que escaparás!
¡Tus pecados te persiguen y corren más rápido que tú!
Por tu dureza, por tu corazón no arrepentido, acumulas juicio para el día del justo juicio de Dios.
¡Qué terrible es tener un corazón no arrepentido!
En Apocalipsis se nos muestran los días de la gran tribulación, que van a venir sobre el mundo.
Caen los juicios de Dios: plagas y más plagas.
Ocurren cosas tremendas en el cielo, en la naturaleza, en los hombres.
Hay muertes por millares.
Y dice la Escritura que ni aun así los hombres se arrepentirán. (9:20; 16:9).
¡Qué terrible cosa es la dureza de corazón! En la Biblia encontramos a un personaje, hijo de uno de los antiguos patriarcas, Esaú, que después de haber menospreciado su primogenitura, él deseó heredar la bendición, pero no tuvo oportunidad para el arrepentimiento, aunque lo procuró con lágrimas. (Heb.12:17).
A tal extremo llega la depravación, la dureza del corazón, que un profeta le puede estar diciendo a un hombre, con lágrimas en los ojos: ¡Arrepiéntete para que no mueras; tu camino es equivocado, tu fin es el despeñadero, es el infierno, arrepiéntete! Y él, como si nada.
El Señor ministró en varias ciudades galileas.
Corazín, por ejemplo, o Capernaum.
Capernaum, especialmente, fue como su segunda ciudad.
Cuando lo expulsaron de Nazaret, él se fue a Capernaum.
Allí hizo milagros, sanó enfermos.
Sin embargo, esa ciudad no se arrepintió, y el Señor la recrimina por eso.
"Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida". (Mateo 11:23).
Eres honrada con que el Señor ande en tus calles, con que haga milagros en medio de ti, con que tengas el privilegio de ver al Justo.
¡Capernaum, una ciudad insignificante de Galilea, tuvo la honra más grande que ninguna ciudad de la tierra! ¡Capernaum, el Mesías estuvo en ti, durmió en tus casas, caminó por tus calles! ¡Pero tú no te arrepentiste! ¡Ay, Capernaum, no conociste el día de tu visitación! Pero no sólo estas ciudades fueron reprendidas por el Señor.
Toda su generación también lo fue.
A ellos les dice: "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar" (Mateo 12:41).
Un profeta tan contradictorio como Jonás fue creído en Nínive, pero el Hijo del Hombre fue ignorado por su propia generación.

"Necesidad de arrepentimiento"
Los cristianos que tienen un corazón puro, que están acostumbrados a mirar la santidad de Dios, se arrepienten rápidamente del más mínimo pecado.
Porque su pureza es tal, que cualquier sombra de pecado inmediatamente los afecta, y ven la necesidad de arrepentirse. Pero hay cristianos que pecan una y otra vez.
Sus caminos son torcidos: un pecado más no les importa.
Su conciencia está cauterizada, y llegan a pensar que ser cristiano es eso: invocar el nombre de Dios de labios y tener una conducta totalmente discordante.
Pecan y no se les da nada.
No tiemblan por dentro, no temen los juicios de Dios.
No piensan que están entristeciendo al Espíritu. ¡Oh, el Señor tenga misericordia de los tales! Pero también hay otros que tienen todo un aparataje, una justicia exterior.
Pueden ser ministros en cualquier ambiente cristiano que sea.
Ellos llevan una justicia exterior.
Ellos oran muy pausadamente, ellos caminan y hablan de una manera especial, llevan una vestidura especial; externamente son muy justos y muy santos. Pero, ¿cómo está su corazón? Dios mira el corazón: la fuente de la maldad del hombre es el corazón.
De ahí manan todos los pecados, todas las injusticias, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, las envidias, las injurias, las maledicencias.
Todo se genera en el corazón no arrepentido.
Es necesario que nos arrepintamos, para sacar ese pensamiento de pecado rápidamente, antes que se traduzca en hechos y dé a luz la muerte.
¿Cuántas cosas deben cambiar en la vida de los cristianos?
¿Cuántas cosas deben cambiar en su mente, en su conducta, en su corazón? En el sermón del monte, el Señor dijo:
"Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios".
(Mateo 5:8).
¿Podemos decirlo nosotros?
¿Somos esa clase de bienaventurados?

"Las iglesias deben arrepentirse"
En el libro de Apocalipsis encontramos que los mensajes a cinco de las siete iglesias contienen llamados al arrepentimiento de parte del Señor.
Sus ojos como llamas de fuego observan sobre las iglesias, y se pasea entre ellas.
El Señor conoce el corazón, y él juzga.
Yo no sé si podemos ver lo que significa que el Señor nos diga: "Arrepiéntete".
No es sólo la palabra de Dios, no es sólo la Biblia, no es un profeta.
Y no es sólo lo que el Señor tenía que decirle a la iglesia en Éfeso.
Es también para ti y para mí.
Puede ser que estés como la iglesia en Pérgamo, admitiendo en tu corazón la doctrina de los nicolaítas, y no la has aborrecido.
Puede ser que estés admitiendo en tu corazón a una fornicaria como Jezabel, a la cual el Señor le ha dado tiempo para que se arrepienta, y no se arrepiente. Jezabel no se arrepintió.
¿Tampoco lo harás tú?
Hay un peligro en pecar sin recibir el castigo de inmediato.
El corazón, en su torpeza, puede creer que se puede pecar impunemente.
Que un segundo pecado no traerá tampoco una consecuencia.
Que el tercer pecado pasará como si nada.
¿Qué significa eso, "que no pase nada"?
Significa simplemente esto:
Que el Señor te está dando tiempo para que te arrepientas.
Este no es un mensaje agradable de oír.
Pero tenemos necesidad de arrepentirnos.
Procedamos a hacerlo, para que seamos perdonados y "para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” Hechos 3:19.

"Para que otros se arrepientan"
¿Queremos ver la iglesia llena de gloria?
¿Queremos ver a los pecadores convirtiéndose?
Tenemos que arrepentirnos nosotros primero.
Este es el llamado, es la advertencia de Dios en este tiempo. ¡Arrepiéntete! Dice la palabra que hay una tristeza según Dios, que el Espíritu Santo produce en el corazón, y que es una tristeza buena, porque produce arrepentimiento.
(2 Corintios 7:9-10).
Por eso, al comenzar esta palabra, dije que necesitaba más que nunca el socorro del Espíritu Santo, porque sólo el Espíritu puede producir arrepentimiento en el corazón.
Nosotros podemos dar una palabra, podemos abrir la Escritura, decir:
«Esto es lo que dice el Señor».
Pero, si el Espíritu Santo no trabaja en el corazón, entonces no hay arrepentimiento.
Si el corazón está endurecido, ¡los pecados seguirán ocultos! Hay una tristeza que es buena.
Y es la tristeza por nuestros pecados, por haber fallado tantas veces, por haber ofendido a Dios, por haber resistido su gloria, por haber impedido que él haga lo que tiene que hacer.
Nosotros hemos estorbado a Dios...
¿Alguien puede decir: «Nosotros hemos ayudado a Dios»? ¡No! Más bien debiéramos decir esto: Hemos estorbado a Dios.
Con nuestro corazón no arrepentido, con nuestra desfachatez para pecar, para sacudirnos, y decir: «Aquí no ha pasado nada».
El Señor tenga misericordia de todos nosotros y nos conceda un corazón contrito y humillado para arrepentirnos de verdad.



"El trabajo del Espíritu Santo"
No sé lo que el Espíritu Santo estará hablando a tu corazón.
Pero, seguramente, tú estás oyendo su voz.
Tienes que renunciar, tienes que arrepentirte, tienes que llorar tus pecados, tienes que volverte al Señor.
Aunque seas cristiano, y te reúnas todos los domingos, y lleves la Biblia debajo del brazo, déjame preguntarte ¿cuánto hace que no lloras delante del Señor?
¿Cuánto hace que le has estado echando la culpa de todo lo que te acontece a los demás? Eres un perfecto juez de otros, pero no te has visto a ti mismo.
¡Oh, Espíritu Santo, muestra ahora la condición de cada corazón delante de Dios! Así, en el silencio, en el recogimiento, Dios nos puede hablar.
Pídele perdón al Señor, ahí donde estás.
Tal vez a algunos les baste con eso.
Menciona ese pecado, allí en lo secreto de tu corazón.
Ese pecado que te avergüenza, menciónalo delante de Dios, y dile:
«Estoy arrepentido, te he ofendido con este pecado.
He mancillado tu nombre, he contristado a tu Espíritu».
Si has hecho así, debes saber que la sangre de Jesús esta disponible para ti. Pero recuerda que arrepentirse no es sólo una emoción, es tomar una decisión de cambio en el corazón.